ANALISIS DE LA VIOLENCIA
Este trabajo lo escribí para la materia de Psicología Clínica en la escuela. Se trata de una traducción/resumen del capítulo original intitulado "Violencia", publicado en el libro según la referencia descrita al final. Incluí entre líneas ciertos párrafos personales, y los comentarios-conclusiones de la última parte son enteramente de mi autoría. Espero que el híbrido resultante les sea de interés.
La presencia de la violencia colectiva en todo el mundo representa uno de los problemas más perturbadores de los últimos años. A pesar de que ya no se han presenciado conflagraciones a gran escala como las guerras mundiales del siglo XX, los conflictos civiles, étnicos y religiosos de menor intensidad se han diseminado por todo el planeta dejando a su paso destrucción y dolor. La economía y las bases políticas y sociales de muchos países sufren daños significativos con estos conflictos, dejando a sus habitantes importantes secuelas físicas y psicológicas: hay pérdida de vidas, familias se destruyen, poblaciones enteras tienen que dejar atrás su patrimonio cultural y su entorno social. Las consecuencias psicológicas incluyen temor, dolor, congoja, culpa, ansiedad, odio y tristeza. Asimismo, la debilitación de la estructura moral de una sociedad sistemáticamente violentada deviene en violencia intrafamiliar, conflictos civiles y brotes de pandillas.
Recientes estudios demuestran que el agotamiento emocional de los civiles afectados por las formas ‘clásicas’ de guerra aumentaba durante el conflicto, pero éste era habitualmente agudo y temporal. En cambio, el agotamiento emocional derivado de los traumas y el terror sufridos durante los conflictos más recientes dejan a su paso un temor más generalizado, penetrante y duradero. Estos cambios estructurales en la duración del trauma se relacionan con tres factores principales:
1. Con la disminución de la amenaza nuclear y los regímenes totalitarios, las guerras de menor intensidad de los países más pobres se han convertido en conflictos a gran escala, ya que su objetivo es tomar el control no sobre un territorio, sino sobre una población determinada utilizando el terror y la destrucción. Los civiles no son vistos como víctimas incidentales, sino como el objetivo a atacar. Aunque no pertenezcan a ninguna organización formal o partido político, mueren a consecuencia directa de los ataques o hambre inducida por la guerra; aquellos que sobreviven deben soportar reubicaciones, hambre, violencia civil y aflicción crónica. La vida cotidiana se ve sujeta a tensión y temor continuos. Estudios en Nicaragua y Mozambique sugieren que los sobrevivientes sufren toda una serie de trastornos corporales y problemas emocionales.
2. La enorme disponibilidad de armas mortales, adquiribles con relativa facilidad, ha contribuido a la severidad de los conflictos una vez que éstos comienzan. Merecen importante mención las minas de tierra, que matan o hieren a unas 150 personas por semana en todo el mundo. Además de las horribles consecuencias para los sobrevivientes que quedan mutilados o incapacitados por el resto de sus vidas, vastas regiones de tierra minada deben permanecer sin habitar, con consecuencias económicas y sociales significativas.
3. Se ha incrementado la “estética del terror”: las formas de matar y violentar han tomado formas, por decirlo de alguna manera, cada vez más ‘creativas’. No es sólo disparar, sino que se hace un total alarde de brutalidad: se decapitan los cuerpos para exhibir las cabezas colgadas; los niños asesinados se arrastran en coches, en presencia de sus padres, hasta que la carne se desprende de sus cuerpos, mujeres son violadas y golpeadas frente a sus esposos.
Métodos de violencia
Con la desmoralización de la población en mente, muchos actos de violencia política o militar tienen como meta principal el agotamiento mental directo y causal. Si se ataca a la población en lugar de la tierra, entonces la mente se convierte en el campo de batalla. Esto se logra mediante violencia, detenciones, tortura, desapariciones y obstaculización de los servicios de salud. El desgaste emocional se ha comprobado en regímenes militares en Argentina, El Salvador o Guatemala, y la violencia sistemática ejercida en minorías también puede apreciarse en países como Brasil, Perú, China y los Estados Unidos. En Sudáfrica, la represión junto con la violencia estructural contribuyen a aumentar la pobreza, la desnutrición, la educación deficiente, la sobrepoblación urbana y el conflicto social que caracterizan a esa región.
Aunque se tiene la idea de que los conflictos étnicos se inician con turbas desorganizadas, estudios recientes demuestran que dichas turbas frecuentemente son planeadas con antelación y dirigidas por personas que utilizan las rencillas étnicas para sus propios intereses políticos. Protegidos mediante la indiferencia de las autoridades, líderes de grupos criminales y políticos movilizan muchedumbres, distribuyen licor, proveen transportes y armas, y facilitan los nombres y direcciones de sus víctimas. Su meta es reducir el bienestar económico y el margen de ventaja de sus adversarios destruyendo sus hogares y negocios. Matan a los hombres para reducir la mano de obra, y las mujeres son violentadas a través de la violación y las duras jornadas resultantes de la viudez. Las graves repercusiones sociales incluyen el tratar de darle sentido a las implicaciones culturales de vecinos peleando contra vecinos. El fracaso de los gobiernos en impedir la violencia provoca la desacreditación del aparato jurídico y legal, creando apatía y cinismo en sus habitantes.
En ocasiones no se busca el control de la población o territorio, sino erradicar una nación entera, como sucedió con las limpiezas étnicas de croatas y musulmanes en Bosnia por tropas serbias para establecerse en sus territorios.
Culturas del miedo
Las culturas del miedo tienden a crear una atmósfera constante de tensión mediante la represión y el temor continuos, con el fin de obtener el control de una población determinada. Los períodos más violentos de la represión incluyen desapariciones, violaciones, arrestos, exposición de cadáveres, registros en casas, censura, despidos, así como privación económica y social. La amenaza constante rompe con la rutina de la vida cotidiana; todo lo que parecía común pierde importancia cuando la violencia se convierte en cotidianeidad. Pero siendo que la violencia no se acepta como parte de la vida diaria, ésta produce un oscuro malestar que polariza a la sociedad en extremos opuestos donde impera un clima de tensión y desconfianza.
En un estudio sobre las consecuencias en la salud mental de habitantes de Irlanda del Norte, un país que ha sufrido brotes de violencia a intervalos regulares, se demostró que a la indignación y el shock inicial le siguen entumecimiento y apatía. También es normal que se presente depresión y desmoralización colectiva, en especial cuando la solución al conflicto parece improbable o lejano. La influencia cada vez mayor de los mercados de drogas transnacionales en Asia y América sugieren que la violencia relacionada con el narcotráfico influirán de manera significativa en el bienestar mundial.
La violencia y la represión causa en ocasiones una severa ruptura en los usos locales del lenguaje y los significados culturales que conforman la vida de una persona. Una comunidad entera puede perder la noción de lo que define su vida ordinaria en un sentido moral y cultural. En ocasiones la ruptura adquiere un carácter simbólico: reporteros o civiles son asesinados y se extraen los ojos y la lengua, como un recordatorio de la impotencia y futilidad de la vida civil.
En una cultura del miedo se produce una experiencia estructural única, ya que el miedo pierde su función protectora para convertirse en la forma de vida de las personas. Ya no se puede hablar de estrés postraumático, sino de un síndrome de estrés continuo que provoca un agotamiento emocional aún mayor que los episodios traumáticos específicos. Se han identificado tres núcleos de miedo persistente en poblaciones: se advierte un sentido de debilidad y vulnerabilidad personal, así como una sensación de desamparo; la percepción sensorial se encuentra en un estado permanente de alerta; y la percepción de la realidad se distorsiona al no poder comparar la experiencia subjetiva con la realidad. Los correlatos fisiológicos incluyen temor, pulso acelerado y temblor corporal generalizado. También se presentan trastornos estomacales, diarrea, jaquecas, debilidad y fatiga.
Detención, tortura y desapariciones
Las “desapariciones” de personas en regímenes represivos conllevan graves repercusiones para la familia de la víctima. Al no haber cuerpo se dificulta el proceso de duelo, y toda la familia puede sufrir anomia social, desorganización, marginación o aislamiento, seguidos de sentimientos que van desde la débil esperanza de que la persona secuestrada siga viva, hasta la certeza de que él o ella han muerto o morirán, o bien que otros miembros de la familia también serán secuestrados. Se presenta depresión, confusión y negación al duelo. La familia se enfrenta a una incertidumbre continua, ya que a menudo saben que si buscan información sobre sus seres queridos, ellos mismos se están arriesgando a sufrir el mismo destino.
Los niños parecen ser los más vulnerables a las desapariciones. Se ha observado depresión, miedo intenso, trastornos del sueño, trastornos gastrointestinales y del habla, conducta regresiva, bajo rendimiento escolar así como desórdenes del desarrollo, afectivos y conductuales, incluyendo pérdida de orientación y evasión de la realidad. La severidad de los síntomas varían de acuerdo a la edad del niño, la duración del trauma, el grado de aislamiento social y el grado en que el niño encuentre plausible la explicación sobre la desaparición de sus padres.
La tortura se practica en más de un tercio de todos los países del mundo, y es una de las formas más perniciosas de abuso durante la detención. Las distintas formas de tortura incluyen golpizas, choques eléctricos, privación sensorial, confinamiento, acoso sexual, violación, privación de comida, agua o sueño, permanecer de pie, inmersión en agua, falsas acusaciones, ejecuciones simuladas, amenazas con lastimar a familiares o amigos, presencia forzosa de asesinatos y mutilaciones a otras personas, y muchas otras formas de violencia en las cuales es difícil establecer un límite o diferenciación entre tortura física y mental. Aunque la excusa es la obtención de información, una vez más la verdadera finalidad es lograr la destrucción psicológica de los prisioneros y sus familias.
Un elemento esencial del acto de torturar es el hecho de que el interrogador lo controla todo, incluso la vida. Cuando a una persona se le niega el control hasta de las funciones corporales más básicas, y encima es sujeta a violencia constante de cuerpo y mente, cabe esperar que las consecuencias para la salud sean devastadoras, tal como lo demuestran algunos estudios. Los síntomas físicos tienden a mitigarse con el tiempo, pero los problemas psicológicos, conductuales y sociales persisten por años. Sobrevivientes de tortura tienden a sufrir daños psicológicos más severos que aquellas víctimas de represión que no fueron torturadas. Los síntomas más comunes incluyen trastornos del sueño y pesadillas, ansiedad, mala concentración y memoria, depresión, embotamiento, fatiga, letargo, temor generalizado, aislamiento de la sociedad y disfunción sexual. Debido a la similitud en los síntomas, se ha llegado a discutir la posibilidad de establecer un síndrome básico de tortura, pero aún no se ha determinado una etiología clara y convincente. Igual que en víctimas de otras formas de violencia, las secuelas a largo plazo en el estado mental de los sobrevivientes de tortura deben apreciarse dentro del contexto social en el cual viven después de la tortura. La seguridad de otro lugar o país, el apoyo que se les brinda, así como el acceso a instancias comunitarias y de salud mental pueden ayudar a disminuir la ansiedad y el estrés.
La familia también sufre consecuencias directas o indirectas. Frecuentemente cambian los roles dentro de la familia, y en ocasiones es dividida por discrepancias en la postura política: los niños pueden enrolarse como soldados o bien rechazar la afiliación política de los padres. Estos conflictos pueden ocasionar una alteración prolongada en el bienestar de la familia o de la comunidad.
Violencia genera violencia
Estudios en todo el mundo han determinado que niños sometidos a un ambiente violento constante en zonas de guerra o de conflictos menores serán propensos a cometer actos igualmente violentos; en Sudáfrica, por ejemplo, ha surgido una cultura general de violencia a la par de la represión del apartheid y las rebeliones en los barrios bajos. Los jóvenes sudafricanos están muy bien entrenados en las artes de defensa y ataque, y estas habilidades los pone en desventaja en tiempos de paz. Un niño o joven que vive en un entorno hostil puede más fácilmente absorber y aceptar constructos fundamentalistas basados en la fuerza bruta. Por lo tanto, la violencia se convierte en la forma dominante de expresarse y comunicarse tanto para el joven como para el adulto. Si la violencia ha durado años o incluso décadas, se llega a un estado general de desmoralización que debilita y corrompe.
Testimonio, cura, rehabilitación
A pesar del sufrimiento de las víctimas de violencia represiva, los procesos sociales y políticos frecuentemente deslegitimizan dicho sufrimiento. Los testimonios de las víctimas son a menudo filtradas para dar una versión oficial que minimiza o incluso niega los daños causados; en este sentido, el abuso sexual y las violaciones a mujeres han sido sistemáticamente tratados como un aspecto irrelevante de la guerra.
Asimismo, familiares de personas desaparecidas muchas veces son rechazados por amigos y parientes por el temor a que se les asocie con actividades subversivas, como sucedió en Argentina durante las desapariciones de 1976 y 1977. La percepción se altera para dar lugar a racionalizaciones que culpan a los desaparecidos bajo la creencia de que ‘algo malo deben haber estado haciendo’. El terror crea un ambiente irreal de confusión, desconfianza y silencio temeroso. En dicho ambiente, los testimonios son silenciados, desacreditados o ignorados. El silencio se facilita de dos formas: aquellos que tienen contacto con las víctimas callan en conformidad, y las víctimas, una vez que son puestas a salvo, no pueden o no quieren hablar sobre experiencias traumáticas.
Para facilitar el proceso de cura, las terapias convencionales se basan en que las víctimas hablen sobre el horror y el sufrimiento experimentados. Se han hecho advertencias hacia este método: por un lado se podría, inadvertidamente, restarle importancia al sufrimiento de aquellas personas que no fueron víctimas de tortura, pero que sin embargo presentan un fuerte trauma psicológico. Asimismo, personas de culturas diferentes a la occidental pueden mostrarse renuentes a hablar sobre eventos traumáticos e incluso se pueden intensificar los síntomas. De hecho, estudios demuestran que particularmente algunos refugiados de África y el sur de Asia tienden a experimentar el trauma de una manera diferente a las formas narrativas de muchas sociedades occidentales, las cuales frecuentemente se asocian a las nociones judeo-cristianas de catarsis, confesión, expiación y redención. No obstante, la renuencia a hablar en ocasiones puede deberse simplemente al riesgo político implícito. De cualquier forma, se recalca la importancia de que primero deben sanarse las heridas antes de efectuar testimonios detallados. Algunos expertos sugieren que no se puede hablar de “cura”, ya que en realidad lo que se hace es aprender a vivir con los recuerdos.
La naturaleza sociopolítica de las heridas y los recuerdos crea una situación en la cual los testimonios personales en terapia se relacionan directamente con la legitimización del sufrimiento. La terapia sería en este caso un acto político integrado a un contexto social. De hecho, algunas de las formas más promisorias de terapia para sobrevivientes de violencia se concentra en desarrollar programas que atienden no solamente los síntomas psiquiátricos, sino también el daño social y moral. La investigación en servicios de rehabilitación generalmente concluye que la gente se puede recuperar de síntomas médicos y psicológicos, pero que las repercusiones de temor, terror y tortura frecuentemente los persigue durante toda su vida. El daño es persistentemente social: las familias se disuelven, se pierden las raíces culturales, se experimenta culpa por sobrevivir, se cometen suicidios, y el reajuste hacia una vida normal es una meta ilusoria. A veces los niños muestran una notable elasticidad, en especial cuando pueden permanecer adentro de un contexto de apoyo familiar y social. Niños que son puestos en un orfanato o quedan en las calles presentan un riesgo mucho mayor de desarrollar estrés psicológico continuo. Por lo tanto, los servicios de rehabilitación más eficaces no sólo aminoran los síntomas psiquiátricos, sino que también reintegran a los miembros de una comunidad, si todavía existe, de una manera significativa, duradera y políticamente valorada.
Violencia interpersonal
No menos importante que la violencia colectiva y política, tampoco deben descuidarse los aspectos que conlleva la violencia interpersonal. Las muertes ocurridas por accidentes, suicidios, homicidios y demás, se consideran como la tercera causa de muerte en los países más desarrollados y en algunos de bajos recursos que cuentan con estadísticas confiables. Dadas las cifras alarmantes en todo el mundo, se ha comenzado a atacar el problema desde una perspectiva de salud pública que contrasta con las orientaciones del sistema judicial. Se busca reducir los riesgos que implica la violencia, así como crear un contexto social y cultural que promueva la no violencia y otras conductas más constructivas.
En los Estados Unidos, donde la locura por las armas provocan miles de muertes cada año, se busca reducir el uso de las mismas tanto en la restricción a su acceso como en el énfasis en aquellos valores sociales que facilitan una concientización sobre la peligrosidad de poseer y usar un arma, particularmente entre los adolescentes. Otras maneras de reducir riesgos incluyen proporcionar intervenciones oportunas para familias en crisis y susceptibles a la violencia, así como mejorar el reconocimiento y tratamiento de personas en alto riesgo de sufrir agresiones, incluyendo esposas golpeadas y niños maltratados.
También existen programas para la promoción de la salud, que incluyen el desarrollo de programas de prevención e intervención para comunidades con altas cifras de daños derivados de la violencia, intervenciones educacionales para niños (promoviendo habilidades sociales no violentas y normas apropiadas de comportamiento no violento), programas comunales para reducir la aceptación de la violencia y la promoción de estilos de vida no violentos. Estos esfuerzos están encaminados a reducir la alta tolerancia cultural hacia la violencia y promover maneras más sanas de tratar conflictos. Finalmente, ya que la violencia frecuentemente se asocia con pobreza, deterioro comunitario y retiro sistemático de servicios y recursos, se deben desarrollar las infraestructuras sociales y económicas apropiadas.
Necesidades en investigación
Los estudios en violencia colectiva y sus consecuencias deben ir más allá del análisis de síntomas psiquiátricos específicos e incluir toda una gama de fuerzas políticas y sociales. A la fecha, casi toda la investigación en este campo se concentra hacia la forma europea de entender y tratar la relación antagónica entre individuo y estado. Sabemos más sobre los efectos de la violencia individual que la comunitaria o social, o sobre las secuelas psicológicas que las comportamentales y sociales, o sobre regímenes represivos que sobre situaciones de violencia civil o étnica.
Debemos responder adecuadamente a varias preguntas importantes. ¿Cuáles son los efectos duraderos de conflictos a larga escala en la sensibilidad, usos y formas de vida de una sociedad o nación? ¿Cuáles son las consecuencias que perduran en el comportamiento de las personas dentro de culturas violentas en lugares como Mozambique y Sudáfrica? ¿Qué tiene que ver la represión y los conflictos prolongados con el desarrollo de la violencia en las familias y las calles? ¿Qué pasa con los soldados, torturadores y demás ejecutores ‘oficiales’ una vez que regresan a la vida comunitaria? ¿Qué dificultades psicológicas y sociales enfrentan éstos en la vida civil? ¿Qué pasa con las sociedades y comunidades cuando la batalla termina? ¿Qué pasa cuando antiguos enemigos viven ahora puerta a puerta en lugares como Nicaragua, India o Sri Lanka? ¿Qué legado o recuerdo se crea a la sombra de la violencia? ¿Qué clase de vida llevarán los niños de Camboya, Guatemala, Mozambique, Somalia y Sudáfrica?
Muchas sociedades se desmoralizan cuando son expuestas a violencia incesante. ¿Es posible ‘remoralizar’ a las personas? Si es así, ¿Cómo? ¿Cómo continúa la gente con su vida? ¿Cómo se puede facilitar el proceso de recuperación? ¿Cómo podemos prevenir los efectos más dañinos y duraderos de la violencia? Se debe investigar más sobre las condiciones sociales que llevan a las culturas a la violencia si queremos prevenir a generaciones enteras de vivir en sociedades donde toma forma la fuerza física.
En suma, aunque es importante tratar los síntomas psicológicos y traumáticos, profesionales en la salud mental, antropólogos y otros expertos deben estar preparados para tratar con el daño duradero causado por el exilio forzoso, la pobreza, el hambre, la detención y el temor, así como la presencia perniciosa de la muerte, la tortura y las desapariciones. Todos los esfuerzos por sanar, comprender o reparar deben ponerse en el contexto de estas desdichas y los problemas que ocasionan. También debemos cuestionar lo que queremos decir con ‘salud mental’, un concepto típicamente definido en términos de normalidad. ¿Qué es una actitud normal en un campo de refugiados? ¿Hasta dónde aplican las nociones tradicionales de bienestar en situaciones de estrés extremo? ¿Es la salud mental una meta realista en comunidades devastadas por la violencia?
Comentarios y conclusiones
El texto original fue escrito hace más de diez años, y muchos de los aspectos sobre los que los autores advierten se han visto cumplidos en el poco tiempo que lleva el siglo XXI. El terrorismo se ha fusionado con la “estética del terror” para hacernos testigos forzosos de atentados en extremo impresionantes. ¿Qué condiciones se combinaron para haber concebido, planeado y llevado a cabo los atentados del 11 de septiembre de 2001? También nos lleva a pensar sobre las consecuencias de una globalización cada vez más extendida e ineludible. Conflictos que antes nos parecían lejanos han tomado ahora la forma de un letal efecto mariposa: lo que sucede en algún oscuro lugar del medio oriente ocasionará una explosión en vagones del metro de Madrid.
Es obvio que la colaboración de gobiernos y departamentos policíacos de varios países para predecir y frenar este tipo de atentados ha fracasado, más que nada debido a la tendencia a ubicar perceptualmente a fuentes aisladas y extremas (Al-Qaeda, fundamentalismo islámico, terroristas, etc.), con la creencia de que se trata de un conjunto de hombres malvados y desequilibrados cuyos ataques cesarán una vez que sean atrapados. La ingenuidad de esta perspectiva es impresionante, y aún así es la más extendida. Puede ser que Al-Qaeda llegue a ser “derrotado” algún día. Pero este hecho quizá no repercutirá en aquellos atentados aparentemente terroristas y que en realidad se están originando en nuestras mismas comunidades. Por ejemplo, se pensó que los ataques al sistema de transporte londinense eran una vez más obra de Al Qaeda, pero la investigación concluyó que se trató de jóvenes británicos que frecuentaban páginas de internet de tendencia subversiva, y ahí mismo aprendieran a fabricar bombas caseras de bajo costo. Estos muchachos llevaban una vida cómoda, no venían de hogares destrozados y aparentemente nunca sufrieron abusos o fueron víctimas de violencia intrafamiliar. La muerte sin sentido de 52 personas en este ataque provocó que al fin autoridades e investigadores tomaran conciencia sobre las consecuencias de descuidar toda la problemática implícita en el desarrollo de la violencia, aunque nuevamente se está dando mayor importancia a los aspectos psicológicos del problema y se está dejando de lado los socioculturales y estructurales.
Los autores también predijeron acertadamente el papel preponderante que tomaría la industria del narcotráfico en el aumento de la violencia que estamos presenciando en estos momentos. Diariamente escuchamos de ejecuciones y venganzas que toman como víctimas a jueces, policías(ya sea honestos o corruptos), y en un grado cada vez mayor, a las esposas, novias, hijos, familiares y amigos de los miembros de bandas rivales.
El pandillaje ha establecido redes internacionales para formar bandas delictivas que operan en buena parte del continente americano. Se estima que, nada más en la frontera México-Guatemala, existen por los menos 200 bandas de Maras, con más de 3,000 integrantes centroamericanos y mexicanos.
Los Maras Salvatruchas se originaron como agrupaciones de ayuda mutua ante el desempleo, la pobreza, la marginación y la miseria en que se debatían latinos y negros por las políticas en su contra por el sistema estadounidense. Nacieron con un lenguaje corporal y simbolismos propios, pero sobre todo, con estrictas reglas de secretismo hacia su interior. Los mandos en una célula y en la banda se obtienen por antecedentes criminales, pruebas de valor, o por formar un grupo de poder, que por la fuerza controla al resto. Las principales víctimas de estas bandas en México son los inmigrantes que ingresan al país por la frontera sur. No le temen a la policía. Si llegan a caer en manos de ésta, debe ser bajo una situación de batalla, y de preferencia con publicidad de por medio, para tener constancia de que provocaron conflictos.
Todas estas formas de violencia no son del todo nuevas, sino más bien derivados o combinaciones de las más antiguas, lo que refleja la complejidad del nuevo orden mundial en el que nos encontramos actualmente. Es imperativo seguir las recomendaciones de los autores y diversificar esfuerzos para tratar el problema desde todos los aspectos posibles: social, individual, psicológico, estructural, político, económico y cultural. Esto implica una colaboración de investigadores, instituciones y gobiernos, tanto a nivel interdisciplinario como al intercultural.
El tratar de comprender, predecir y prevenir la violencia parece una labor enorme (y lo es), pero de persistir las perspectivas unilineales y limitadas, lo único que se conseguirá será la creación de nuevas formas de violencia, cada vez más letales, masivas e insensatas. Puede ser que los actos de violencia se hayan tornado cada vez más complejos, pero esto no necesariamente excluye que la creación de estrategias por combatirla no puedan ser igualmente complejas, y sí más positivas, efectivas y constructivas.
Bibliografía
Desjarlais Robert, Eisenberg Leon, Good Byron, Kleinman Arthur (1995), World Mental Health: Problems and Priorities in Low Income Countries New York: Oxford University Press.
